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Para Fernando savater Cuáles son las causas de la felicidad​

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El contenido de la felicidad, Fernando Savater

Sobre el contenido de la felicidad

De la felicidad no sabemos de cierto más que la vastedad de su demanda. En ello reside

precisamente lo que de subversivo pueda tener el término, pues, por lo demás, resulta ñoñería

de canción ligera o embaucamiento de curas. La felicidad como anhelo es así, radicalmente, un

proyecto de inconformismo: de lo que se nos ofrece nada puede bastar. Se trata del ideal más

arrogante, pues descaradamente asume que tacharla de «imposible» no es aún decir nada

contra ella. Imposible, pero imprescindible: irreductible. Su rostro permanece tenazmente

oculto, pero la nitidez de su reverso nos basta para impulsarnos a requerirla sin concesiones:

tal como Jehová a Moisés, sólo nos muestra su espalda (o su trasero), pero también en este

caso ese disimulo resulta beneficioso. Cualquiera de sus habituales sinónimos fracasa al

intentar sustituirla, porque su ápeiron, en último término, es más imprescindible para

entenderlos o, al menos, definirlos de lo que ellos sirven para concretarla. El placer o la utilidad

o aun el bien nada significan en cuanto ideales de vida si no se los refiere a la felicidad,

mientras que ésta se obstina en no dejarse agotar por ninguno de ellos, ni siquiera por su

conjunto. Esta resistencia resulta de nuevo subversiva porque fallan así las más comunes

primas a la productividad y las recompensas de la obediencia, sobre las que se basa la falsa

reconciliación colectivista, sea liberal o autoritaria. Felicidad es todavía lo que los políticos no

se atreven a prometer directamente en nuestros días —aunque ya no se trate de esa idea

«nueva en Europa» que encandiló a Saint-Just—, y ello debe ser subrayado en honor del

término1.

No sabríamos definirla, no la confundimos con ninguno de los sucedáneos que pretenden

reemplazarla; pero suponemos que seríamos capaces de reconocerla si por fin nos adviniese.

Lo cual, por decir lo menos, no parece seguro. Quizá lo que ocurre con la felicidad es que

somos incompatibles con ella. Felicidad es aquello que brilla donde yo no estoy, o aún no estoy

o ya no estoy. Para ser feliz tendría que quitarme yo. Y, sin embargo, es el yo el que quiere ser

feliz, aunque no se atreva a proclamarlo a gritos por las calles del mundo, aunque finja

resignación o acomodo a la simple supervivencia, es decir, a la obligación de la muerte. Decir

«quiero ser feliz» es una ingenuidad o una cursilería, salvo cuando se trata de un desafío, de

una declaración de independencia, de una forma de proclamar: «Al cabo, nada os debo». En

cuanto deja de ser un cebo o una reconciliación piadosa, la felicidad —por inasible, por

perennemente hurtada— comienza a liberar. De ahí que la echa a perder del todo eso del

«derecho a la felicidad». A todo puede haber derecho, menos a ella; se trata de lo contrario de

aquello que se consigue o recibe en cumplimiento de un derecho. Quizá pueda decir

legítimamente que tengo derecho a ser infeliz a mi modo o —siguiendo al Tolstoi del comienzo

de Ana Karenina— que tengo derecho a mi propia historia. Tal es el principio de mi aceptación

y rechazo de la colectividad, pues mi estilo de infelicidad se encuentra necesariamente

mediado por muchos otros intentos semejantes, aunque profundamente divergentes del mío. A

la administración de mi infelicidad sí tengo derecho —o, mejor, sí que hay derecho—; pero no

hay tal cosa como un «derecho a la felicidad». Ni brota de un convenio ni está garantizada por

una institución superior a la que por ese motivo haya que rendir cauta pleitesía. Tampoco

sabría ganármela de ningún modo, aunque, en cambio, discierno aquellas de mis acciones que

colaboran a rubricar su alejamiento: y son demasiadas. Kant habló de que lo importante —es

decir, lo que nos concierne en cuanto propósito actual— no es la felicidad, sino «ser dignos de

la felicidad». Ser dignos de la felicidad no es tener derecho a ella ni ser capaces en modo

alguno de conquistarla (recordemos aquel beato título del bueno de Bertie Russell: The

conquest of happiness), sino intentar borrar o disolver lo que en nuestro yo es obstáculo para la

felicidad, lo que resulta radicalmente incompatible con ella. Aquellas contingencias que no

responden al puro respeto a la ley de nuestra libertad racional, tales serían esas opacidades

del yo bloqueadoras de la transparencia feliz, según Kant; Schopenhauer y los budistas

supusieron más bien, como ya ha quedado insinuado, que es el yo mismo lo que nos hace

indignos de la felicidad.

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